El Potencial Transferido: El Experimento que Jacobo Grinberg Publicó Antes de Desaparecer
- Jero Krohnengold
- 2 jul
- 9 min de lectura
Actualizado: 4 jul
Por qué un paper de física de 1994 sigue siendo uno de los más inquietantes de la historia de la neurociencia

Hay experimentos que incomodan. No porque estén mal diseñados, sino porque si están bien diseñados y sus resultados son reales, entonces algo fundamental sobre nuestra comprensión del mundo tiene que estar equivocado.
El experimento de Jacobo Grinberg-Zylberbaum sobre el Potencial Transferido es uno de esos.
Publicado en 1994 en la revista Physics Essays —una publicación científica arbitrada— bajo el título "The Einstein-Podolsky-Rosen Paradox in the Brain: The Transferred Potential", el estudio pretendía demostrar algo que la neurociencia convencional considera imposible: que dos cerebros humanos, después de interactuar profundamente, pueden mostrar correlaciones eléctricas medibles aunque estén separados, aislados electromagnéticamente, sin ninguna señal física entre ellos.
Grinberg desapareció ese mismo año. El experimento nunca fue replicado a gran escala.
Pero los datos están ahí. Y merecen ser leídos con cuidado.

El punto de partida: la paradoja EPR
Para entender qué estaba haciendo Grinberg, hay que entender primero la paradoja que da nombre a su experimento.
En 1935, Albert Einstein, Boris Podolsky y Nathan Rosen publicaron un artículo que intentaba demostrar que la mecánica cuántica estaba incompleta. Su argumento central era el siguiente: si la teoría era correcta, entonces dos partículas que hubieran interactuado quedarían correlacionadas de manera permanente, sin importar qué tan lejos estuvieran la una de la otra. Medir la propiedad de una afectaría instantáneamente a la otra, sin ningún mecanismo físico que las conectara.
Einstein llamó a esto "acción fantasmal a distancia" y lo rechazó. Si eso fuera verdad, la información viajaría más rápido que la luz, violando la relatividad especial. Luego entonces, la mecánica cuántica tenía que estar equivocada, o al menos incompleta.
Durante casi medio siglo, la paradoja permaneció sin resolución experimental. Hasta 1982, cuando Alain Aspect y su equipo en París realizaron el experimento definitivo: usaron fotones entrelazados, midieron sus propiedades en detectores separados, y los resultados fueron inequívocos. Las correlaciones existían. Eran reales. La acción fantasmal a distancia de Einstein no era una falla de la teoría. Era un hecho de la naturaleza.
A este fenómeno se le llama entrelazamiento cuántico. Y es uno de los hechos experimentales más sólidos y mejor verificados de toda la física.
Lo que significa en términos simples es esto: dos partículas que han interactuado forman, en algún sentido profundo, un sistema único. No importa cuánto las separes. La medición de una colapsa el estado de la otra de manera instantánea, sin señal que las conecte, sin atenuación con la distancia.
La pregunta que se hizo Grinberg fue la siguiente: ¿puede eso ocurrir con cerebros humanos?

La hipótesis: cerebros como sistemas cuánticos
Que el cerebro pudiera contener componentes cuánticos no era una idea nueva en los años noventa. Investigadores como Walker, Eccles, Bass y Wolf habían propuesto durante décadas que los efectos cuánticos —en particular el tunelamiento cuántico en las sinapsis— podían jugar un papel en la transmisión neuronal. Stuart, Takahashi, Umezawa y Stapp habían sugerido que la conciencia emergía de la interacción entre sistemas clásicos y cuánticos en el cerebro.
Pero nadie había intentado demostrarlo experimentalmente a través de correlaciones no-locales entre cerebros separados.
Eso es lo que Grinberg hizo.
Su teoría de base era lo que él llamaba la Teoría Sintérgica: la idea de que la actividad conjunta de todos los elementos neuronales de un cerebro en funcionamiento forma una matriz de interacción, un campo neuronal, que es la manifestación física de la conciencia. Y que si dos cerebros interactuaban de manera suficientemente profunda, sus campos neuronales podían acoplarse, formando un sistema cuántico unificado que persistía incluso cuando los cerebros eran separados físicamente.
La herramienta para probar eso era el entrelazamiento cuántico estilo EPR. Si dos cerebros correlacionados se comportaban como partículas entrelazadas, entonces la estimulación de uno debería colapsar el estado del otro de manera simultánea, dejando una huella medible en su actividad eléctrica.

El experimento: diseño y protocolo
El estudio involucró siete pares de sujetos normales, de ambos sexos, con edades entre 20 y 44 años. Se utilizaron dos cámaras de Faraday semisilenciosas, separadas por una distancia de 14.5 metros. Las cámaras de Faraday son recintos que bloquean los campos electromagnéticos externos, eliminando la posibilidad de que cualquier señal de ese tipo pudiera pasar de una a otra.
Fase 1: Crear correlación. Los sujetos de cada par eran introducidos juntos en la cámara de estimulación y se les pedía que se conocieran y luego permanecieran en silencio meditativo durante veinte minutos, con la instrucción específica de intentar sentir la presencia del otro. A este estado Grinberg lo llamó Comunicación Directa. Investigaciones previas del mismo grupo habían mostrado que este tipo de interacción generaba coherencia de fase entre los EEG de los participantes, y la coherencia de fase es una firma reconocida de los sistemas cuánticos correlacionados. Los datos indicaban que aproximadamente el 25% de los pares lograba mantener ese estado de manera exitosa.
Fase 2: Separación y estimulación. Una vez terminada la interacción, el Sujeto B era llevado directamente a la cámara de transferencia, sin interactuar con nadie más, manteniendo el estado de Comunicación Directa. El Sujeto A permanecía en la cámara de estimulación. En la cámara de transferencia, el Sujeto B se reclinaba con ojos cerrados y no recibía ningún estímulo. No sabía cuándo su pareja estaba siendo estimulada.
Al Sujeto A se le aplicaban cien destellos de luz a intervalos aleatorios de entre dos y cinco segundos, usando un fotostimulador Grass a máxima potencia. Su actividad EEG se registraba con un polígrafo Beckman. El EEG del Sujeto B se registraba simultáneamente con un polígrafo Grass, sincronizado con los mismos momentos de estimulación.
Controles. Se realizaron dos pruebas control ciegas, sin conocimiento de ninguno de los sujetos: una con promedio de cien muestras de EEG sin estimulación elegidas al azar, y otra con estimulación pero sin ningún sujeto en la cámara de estimulación.
Además, se registraron datos bajo dos condiciones distintas: Condición 1, antes de cualquier interacción entre los sujetos (los pares eran llevados a las cámaras sin haberse visto ni conocerse); y Condición 2, después de la interacción meditativa.
Procesamiento de señales. La actividad EEG de todos los sujetos fue filtrada digitalmente eliminando todas las frecuencias entre 0 y 12.7 Hz. El objetivo era descartar cualquier posibilidad de que las correlaciones fueran el resultado de actividad alfa u otras ondas lentas compartidas. Los análisis estadísticos incluyeron análisis espectral, coeficiente de correlación y prueba t. Las correlaciones entre los potenciales de ambos sujetos se calcularon cada 128 microsegundos, obteniendo un total de 48 correlaciones de Pearson por par de promedios.

Los resultados: el Potencial Transferido
Cuando la interacción era considerada exitosa —cuando los sujetos mantenían el estado de Comunicación Directa— y cuando el Sujeto A mostraba un Potencial Evocado Distinto claro en respuesta a los destellos, el EEG promediado del Sujeto B mostraba algo que la teoría convencional no predice:
Una señal.
No ruido. No fluctuación aleatoria. Una señal de morfología similar al potencial evocado del Sujeto A. A esta señal Grinberg la llamó el Potencial Transferido.
En la Figura 1 del artículo, los niveles de correlación estadística entre 0.700 y 0.929 ocurrieron en los primeros 132 microsegundos, con una probabilidad de ocurrencia por azar menor a 0.009. En la Figura 2, los niveles de correlación con p menor a 0.005 se obtuvieron entre 0 y 73 microsegundos. Los índices de correlación entre los potenciales evocados y los potenciales transferidos fluctuaron entre 0.62 y 0.92 en los casos exitosos.
En todos los controles —sin interacción previa, sin potencial evocado claro, sin estímulo, sin sujeto en la cámara— no se encontraron señales claras en el Sujeto B, y ningún valor estadísticamente significativo fue obtenido.
El potencial transferido solo aparecía cuando las tres condiciones se cumplían simultáneamente: interacción previa exitosa, potencial evocado claro en el Sujeto A, y estímulo real aplicado. Si cualquiera de esas condiciones faltaba, la señal desaparecía.

La interpretación: qué dice el experimento si es correcto
Los autores son cuidadosos en su interpretación, pero también directos.
Señalan que los resultados no pueden explicarse por comunicación sensorial entre los sujetos, dado que estaban separados y ubicados en cámaras electromagnéticamente aisladas a más de catorce metros de distancia. Tampoco pueden atribuirse a correspondencia de baja frecuencia en el EEG, dado que precisamente esas frecuencias fueron filtradas. Y destacan un punto crucial: no se observó atenuación del efecto de transferencia al compararlo con experimentos previos realizados a menor distancia.
Eso es importante. Las señales locales —electromagnéticas, acústicas, de cualquier tipo— siempre se atenúan con la distancia. La ausencia de atenuación es la firma experimental de la no-localidad.
Su interpretación, respaldada por el Teorema de Bell y los experimentos de Aspect, es la siguiente: el Potencial Transferido es una manifestación de interacciones no-locales entre los miembros de un sistema cuántico correlacionado. Las partes de ese sistema son los dos cerebros, que eran individuos separados antes de la interacción, pero que se convierten en un sistema único después de ella. Cuando el cerebro del Sujeto A es estimulado y su función de onda colapsa, la función de onda del Sujeto B colapsa simultáneamente en un estado idéntico, lo que se manifiesta en la similitud entre el potencial evocado y el potencial transferido.
En otras palabras: no es que una señal viaje de un cerebro a otro. Es que ambos cerebros son, desde el punto de vista cuántico, el mismo sistema. La medición de uno colapsa al otro.
Los autores también son explícitos sobre algo que podría generar confusión: ningún sujeto B reportó haber experimentado conscientemente nada relacionado con la aparición del potencial transferido. No hay transmisión de información subjetiva. No hay violación del principio de causalidad. Lo que se observa es sincronicidad, no telepathy en el sentido popular. La correlación solo es visible después de comparar los registros.

El siguiente paso que nunca ocurrió
Al final del artículo, casi de pasada, los autores mencionan que estaban estudiando la posibilidad de que el potencial transferido pudiera usarse para transmitir mensajes codificados —como un código Morse— usando señales de luz parpadeante cuya firma de frecuencia se retendría en el potencial transferido.
Y mencionan que ese estudio se estaba realizando junto con un experimento a muy larga distancia, en el que los sujetos estarían separados por doce mil kilómetros.
Doce mil kilómetros. La distancia entre México y la India.
Grinberg había construido vínculos con comunidades de meditadores en Asia. La lógica del experimento masivo era directa: si el efecto no se atenuaba entre tres metros y catorce metros y medio, y si la no-atenuación es la firma de la no-localidad cuántica, entonces la prueba definitiva era llevar la distancia al extremo. Un experimento exitoso a escala intercontinental, con decenas de pares en múltiples países, midiendo correlaciones de EEG simultáneamente, habría sido una demostración que la física y la neurociencia no podrían ignorar.
Jacobo Grinberg desapareció en diciembre de 1994. El experimento nunca ocurrió.

Las limitaciones: siendo científicamente honestos
Nada de lo anterior significa que el experimento sea definitivo ni que sus conclusiones sean correctas. Hay problemas reales que cualquier lectura honesta debe reconocer.
La muestra es pequeña. Siete pares de sujetos no es suficiente para conclusiones de esta magnitud. Solo dos de esos siete pares mostraron potencial transferido claro. Para un fenómeno con implicaciones tan radicales, la estadística requeriría cientos de pares, idealmente en múltiples sitios independientes.
El protocolo de interacción no está suficientemente estandarizado. La Comunicación Directa —meditar juntos durante veinte minutos— es una condición difícil de controlar y replicar con precisión. ¿Qué exactamente produce la correlación? ¿Cómo se distingue de efectos de expectativa en los experimentadores?
La interpretación cuántica es especulativa. Incluso si el Potencial Transferido existe como fenómeno, la explicación en términos de entrelazamiento cuántico entre cerebros macroscópicos enfrenta un obstáculo teórico severo: la decoherencia. Los sistemas cuánticos pierden su coherencia cuántica al interactuar con el ambiente, y los cerebros son sistemas calientes, ruidosos y altamente interactivos. Mantener entrelazamiento cuántico en ese contexto es, según la física estándar, extraordinariamente difícil.
Y lo más importante: el experimento nunca fue replicado de manera independiente. Sin replicación independiente, ningún resultado científico puede considerarse establecido, sin importar cuán sólidos parezcan los datos originales.

Por qué sigue importando
A pesar de todo lo anterior, el experimento de Grinberg merece atención. No porque sea prueba definitiva de nada, sino porque hace una pregunta experimental clara, con un diseño razonablemente riguroso, y obtiene datos que no tienen una explicación convencional obvia.
La física cuántica ha demostrado que el entrelazamiento existe. La pregunta de si puede operar en sistemas biológicos complejos, incluyendo el cerebro humano, sigue abierta. Investigaciones más recientes —como los trabajos sobre coherencia cuántica en la fotosíntesis o en las proteínas— han demostrado que los efectos cuánticos pueden persistir en sistemas biológicos más de lo que la teoría de la decoherencia predecía.
El experimento del Potencial Transferido no es la respuesta. Pero sí es, todavía hoy, una de las formulaciones más concretas y medibles de una pregunta que la ciencia aún no ha resuelto:
¿Puede un cerebro humano afectar a otro, de manera medible, sin señal física conocida?
En 1994, en la Universidad Nacional Autónoma de México, con electrodos, cámaras de Faraday y análisis estadístico, un neurocientífico mexicano obtuvo datos que sugerían que la respuesta podría ser sí.
Nunca pudo terminar de averiguarlo.


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